Bueno, por motivos estéticos y de manejo, he encontrado otro escaparate para mi diarrea verbal sobre tele y otras cosas. Aquí va la dirección:
http://aprendiendoaescribir.wordpress.com/
¡Pssst! Pepis, no te pases la primera otra vez que aún te debo esa caña...
EN EL RÍO
Inspirados por las maniobras sociopolíticas del grupo Sendero Luminoso, nosotros vamos a cambiar las cosas. Fundaremos Sendero Pedregoso y nos dedicaremos a secuestrar huevos de libélula. Así que póngame cuatro pares de sandalias de goma. Del 40, por favor.
No soy una buena escritora. Yo no me siento delante del papel, o más bien del ordenador, con un paquete de Ducados y una botella de JB. O bueno, a lo mejor en mi caso, por aquello de darle el toque femenino, debería sentarme con unos buenos cigarrillos rusos extralargos y una copa de mistela, de oporto o un gin tonic. El caso es que no bebo alcohol cuando escribo, lo máximo con lo que me habré sentado frente a la pantalla habrá sido una botella de cocacola, probablemente zero o light. Lo normal suelen ser infusiones aromáticas en invierno y agua, mucho agua, todo el año. Así me salen los escritos luego… Pero en fin, que estos días tengo la estupenda oportunidad de escribir con mi botijo. Sí, sí, mi amigo el botijo azul del pueblo, porque estos días escribo en Bordón.
El botijo vino a mí un verano que no recuerdo. Puede que tuviera once años, o puede que fueran siete. Me gustó porque no pesaba. A menudo veía a los mayores beber en hermosos botijos de barro o en porrones de cristal, y me ponía celosa del chorrico de agua o vino cayendo con gracia desde las alturas hasta la boca de un sediento usuario. Yo quería beber, quería beber y al final mi abuela claudicó y me compró un botijo en la plaza del pueblo. Eso sí, un botijo adaptado, pequeño y de plástico fino, azul (mi color favorito durante muchos años), con una misión: que yo aprendiera a beber de él.
En seguida lo emparenté con el gran botijo “de verdad” de la casa, una preciosidad de barro de la que salía un agua fresquísima. A veces era su hermano pequeño, otras su hijo, según el día. Mi abuela, mujer detallista y excelente costurera, hizo un forro amarillo de ganchillo con el que tapar el pitorro mayor (es decir, el agujero por donde entra el agua en el botijo), que era, a su vez, la versión reducida de uno blanco que tenía el botijo grande. Y así es como me inicié en el arte de beber en botijo. Algo que, como nadar, montar en bicicleta o follar, nunca se olvida.
Ahora lo estoy disfrutando de nuevo. El agua con la que lo relleno constantemente es rica en el mineral de la memoria. Mi padre se ríe de mí y me dice que vaya invento, un botijo de plástico. A mí me da lo mismo. Aunque en mis recuerdos abunden más el cemento y el plástico fino que la madera y la piedra, siguen siendo los míos.
Hola a todos,
Ya está colgado el video sobre la accesibilidad para discapacitados en la Expo del CERMI, realizado por Producciones Sintregua y para el cual tuve la suerte de poder elaborar el guión literario. Es un video institucional, pero a mi me parece que ha quedado bastante majo. ¡Que disfrutéis de la destreza de la intérprete de lengua de signos!
http://www.cermiaragon.tv/
En estos últimos años he aprendido bastante a pensar en positivo y, sobre todo, a tener confianza en mí misma. Sin embargo, después de una clase práctica de conducir, justo cuando cierro la puerta de detrás, después de recoger mi bolso; pongo en duda todas mis capacidades. Hacía tiempo que no encontraba nada (en estudios, trabajo, vida cotidiana, etc.) que me hiciera sentir tan sumamente gilipollas. Y lo peor de todo es que me examino el próximo lunes. Por suerte, hay cosas en mi vida que siguen siendo igual de geniales. Y es que, cuando una le sonríe a un libro, siempre, SIEMPRE, te devuelve ese afecto. Justo ayer tuve uno de esos momentos, una cita que pensaba colgar sin comentarios ni inútiles aderezos, como todo este rollo insulso que acabo de meter. Aquí la dejo. Empezará siendo tímida, pero se abrirá y os maravillará como la flor de la que habla.
"And so it happened again, the daily miracle whereby interiority opens out and brings to bloom the million-petalled flower of being here, in the world, with other people. Neither as hard as she had thought
it might be nor as easy as it appeared."
Zadie Smith, On Beauty.
JUEVES
Bueno, qué, hoy toca Ronda, ¿no? Shhh, no adelantemos acontecimientos.
Los pajaritos cantan y las nubes se levantan, se levantan, se vuelven a levantar…. pero nosotros aún tardamos un rato. Se supone que hoy rondaremos por Ronda (si muero mañana, no me entierren con mis chistes). No tan deprisa, el plan era coger el autobús de las diez de la mañana y de momento ya hemos decidido que vamos a por el de las doce. ¿Y por qué? Muy fácil, Edu está que no levanta cabeza entre alergias varias y falta de sueño, pero lo más importante es que mis cuatro amigos sufren de uno de los males más comunes de nuestro tiempo: se marean en la carretera. No problemo, que el Isra tiene unas gotas contra el mareo expresamente recomendadas por el padre de su amiga Kika, que parece que son mano de santo. Menú desayuno: un paracetamol y un ibuprofeno para mí, unas cuantas gotas contra el mareo para Inri, Magui y Susan y de todo un poco para Edu.
Los exploradores se disponen a iniciar su excursión, no sin que antes las chicas visitemos el baño (EDU: “¿Pero quién ha entrado aquí, ¡por favor!?” ISRA: “Pues ó Flora, ó Fauna, porque Primavera seguro que NO.”) Los cuatro fantásticos salimos de casa y dejamos al Isra arreglándose. Como tenemos tiempo, decidimos ir andando, pero ¡ay!, empieza a llover de nuevo. Desde el bar regentado por el hombre de dos dientes (literal), Israel llama a la oficina de turismo de Ronda. La ciudad está en plena sierra de Grazalema, el lugar donde más llueve de toda la península y, como no, si en Marbella está cayendo una buena pues en Ronda es el doble.
Salimos a la lluvia y hacemos una paradita en un chino para comprar paraguas y varios juegos de mesa que no llegaremos a utilizar. Hoy toca día casero. Ninguno nos atrevíamos a “desperdiciar” un día de vacaciones descansando, pero la lluvia nos da la excusa perfecta. Después de comer, un extraño sopor se apodera de mis cuatro amigos, así que les dejo hacer una siesta de tres horas mientras friego los platos, veo Fama y un capítulo predeciblemente cutre de “Entre pechos” (título con el que en mi casa se conoce a la serie Entre Fantasmas, gracias a los generosos escotes de su protagonista).
Por la tarde un paseo, un billar, unas cervezas y cacahuetes. Si dejase de llover parecería julio. Vamos al centro a cenar con Kika y una amiga suya, el tiempo atmosférico se enternece un poco y nos deja ir de raciones por un par de terrazas. En la segunda, al camarero le falta medio tinto de verano para arrancarse a cantar ¿Quién maneja mi barca?, nos libramos de milagro. Luego nos apalancamos un ratico en un coctelería-tetería japonesa. Todos me recuerdan entre risas lo borde que soy cuando le pido al camarero “otra pajita igual que esta, pero que funcione”. Isra y Edu nos obsequian con maravillosos relatos de su infancia en el barrio Chus. Kika y su amiga se mean, nosotras también. Da igual cuántas veces escuche la historia sobre la comunión del Mimosín, los poemas de “Pirata Hell” recitados por Eduardo, o aquello de “quedamos a las güebimedia”; no me cansarán jamás.
Los chicos quieren más marcha, pero yo me encuentro francamente mal, así que les abandono después de una visita fugaz a un bar de copas del centro. Por lo que he oído, la noche seguirá calentándose. Habrá algún bar cutre y luego otro que además de cutre, será de ambiente. Un poster de Bisbal o de Bustamante, ahora no me acuerdo y, por fin, y sin que yo esté de cuerpo presente, el Ojo Bar. A eso de las cinco y pico, llegan Pili y Marga. Entre murmullos congestionados alcanzo a preguntarles cómo ha ido. Todo muy divertido y, surprise, surprise, ¡han dejado a los niños bastante bien acompañados! Es que tenemos un toque especial… En palabras de la propia Magui: “Tuvieron que venir los rapes para que ligaran las pescadillas”.
COLUMPIO
Mi cuerpo se desintegra y llego a aquella tarde cuando ya estaba anocheciendo. No estoy desnudo pero sí soy transparente. Me golpea el calor, el ruido de los grillos que empiezan a anunciar la noche que llega.
Dejo la pelota en el suelo frío de la entrada. El cemento pulido no parece mármol, pero resbala igual. Las manos me huelen a polvo y saben a suciedad, me las lavo con el último chorro de agua tibia del día. ¡Qué rico el pan con tomate cuando se hace con hogaza de pueblo! Y este jamón, hacía tiempo que no comía uno tan bueno. Me limpio la boca con la servilleta, todavía me sabe a melón. Las manos están pringosas y me las lavo otra vez.
De vuelta a la calle, mi pelota bota en el empedrado y regateo contra el viento de camino a tu casa. Dos gritos, tres, al final se oye el grito de tu madre llamándote. Te asomas a la ventana, ya bajas. El cielo se ha hecho oscuro y está cubierto de estrellas. Oigo el eco metálico de tus pasos acercándose por las escaleras. Aquí estás tú, apartando los flecos de la cortina de macarrones de plástico; con tu vestido de flores y tus bambas blancas, iluminada por la luz que sale de la ventana de los vecinos y con los grillos de fondo.
Yo con una mano en el bolsillo y con la pelota en la otra, tú tienes los brazos cruzados y me miras. ¿Qué quieres hacer? Vamos al bar, a comprar un chupa-chups. Nos compramos dos chupa-chups, el año pasado costaban un duro menos. Son de esos que pintan la lengua, son de fresa; llevan sidral y chicle dentro pero hasta el chicle aún queda un buen rato, le acabamos de quitar el papel.
Ese vestido de flores no te iba por encima de la rodilla el verano pasado, me fijo mientras cruzamos el frontón hacia los columpios de detrás de la iglesia. Sí, tú ya me sacas un palmo, pero yo sigo siendo el que mejor tira los chutes. Te reto y tú te pones en la portería sin red, con las piernas abiertas y flexionadas, manos sobre las rodillas. Paras la pelota de un salto, con las dos manos, y me miras con aire triunfal. Sé que te escuecen las palmas aunque no digas nada.
Llegamos a la entrada del mirador y pasamos por debajo de una farola infestada de polillas. A partir de este punto la única luz es la de las estrellas. Todos los años se me olvida que cuesta un rato hasta que los ojos se acostumbran a esa oscuridad. Nos quedamos quietos durante cinco segundos, sabemos que el camino hacia los columpios está flanqueado por el balancín a la derecha y por el desagüe a la izquierda. Unos centímetros de más en cualquier dirección significan una caída segura y justo cuando estamos convencidos de que nuestros mapas mentales nos van a fallar, las formas del tobogán y del muro de piedra comienzan a dibujarse a lo lejos. Cada vez que pasa esto, es magia. Nos empezamos a reír y corremos hacia los columpios. Yo llego antes, pero te dejo el de la izquierda porque sé que es tu favorito.
El primer minuto nunca decimos nada. Nos entretenemos dándonos impulso con las piernas, primero estiradas hacia delante y luego dobladas para que los pies no toquen el suelo. Dos impulsos más tarde el suelo ya no es más que un recuerdo, escuchamos el chirrido metálico de las cadenas. El asiento de hierro se está calentando, pero ya no importa porque hemos creado viento con nuestro sube y baja, adelante y atrás. El columpio ya tiene potencia suficiente para volar por si solo, así que me concentro en sorber la saliva acumulada con sabor a chupa-chups. Tú también estás más tranquila, ha llegado el momento de ponerse de pie.
Nuestros columpios van al revés, cuando mi cuerpo está casi frente a las estrellas, el tuyo está mirando el suelo polvoriento. Cada vez que nos encontramos en el punto paralelo al suelo, nos miramos y sonreímos con el chupa-chups en la boca. En una de estas se me ocurre enseñarte una de las miles de cosas que he aprendido durante el año. Mira, mira. Y ya no sé si estás mirando porque he pegado un salto y estoy agarrado a la barra con las dos manos. El columpio sigue su recorrido, un poco más inestable porque ya no estoy montado en él. Te oigo hacer un ruido de sorpresa, me alegro de haberte impresionado.
Me he concentrado tanto en el salto que no he oído el golpe seco. Un calambre me sube desde los tobillos y estoy agachado para que el columpio no me dé en la cabeza. La giro y te veo ahí, tumbada sobre el polvo, ahora los dos columpios se mueven prácticamente igualados. No me doy cuenta de que aún tienes los ojos abiertos hasta que me acerco a ti de rodillas. Se te ha quedado cara de susto. Me hacen falta tres segundos y tres repeticiones de tu nombre sin respuesta para darme cuenta de lo que ha pasado. Dejo olvidado el balón junto al balancín y salgo corriendo. Los columpios chirrían y se balancean en la oscuridad del mirador.
Y llegó la tormenta. El Ebro ha crecido tanto que Belloch puede verlo desde su habitación en Proyecto Hombre. Ahora van a hacer visitas submarinas por la Expo y han contratado a un ballet de mejillones cebra para la cabalgata de inauguración. Que no cunda el pánico, está todo controlado.
Todavía no era tiempo de llevar sandalias. La media botella de vino de la cena la mantuvo caliente hasta el bar y los cubatas hicieron el resto, etc. Pero ahora que hacía ya un rato que había cerrado el último garito, realmente se daba cuenta de que aún no era época para llevar sandalias. La gente que se cree superior solo por levantarse temprano se lo recordaba constantemente mirándole a los pies. Mejor cantar y espantar tu mal: Soy muy sensible a la belleza/No distingo el corazón de la cabeza.
Los coletazos del estribillo de la última canción de la noche la acompañaron hasta su casa. Un año atrás, la casa siempre estaba llena de gente. Las últimas carcajadas en el ascensor, ya eran todo susurros una vez dentro, en los minutos antes de ir a la cama. Siete, ocho, nueve horas más tarde, la olla grande se llenaba del agua donde herviría la pasta. Todos colaboraban con un par de puñados de sus paquetes y una vez en el plato, la salsa de tomate unificaba orgías de tallarines, macarrones y lacitos.
Pronto llegará a su casa y caerá desplomada sobre el colchón. Se despertará con los restos del sueño transformados en rimel corrido y la boca de arena. Y pondrá la olla en el fuego y echará dos puñados de pasta. Esta vez de un solo tipo.
MIERCOLES
La dulce melodía del despertador del móvil de Israel, nos saca temporalmente del país de los sueños y todos nos ponemos de acuerdo en un objeto de odio común. De camino a la estación hacemos una parada en el bar Paco (literal) para hacer la comida más importante del día. La super torrija está muy buena, llenita de azúcar, pero mi cuerpo no me acompaña del todo.
En Málaga, las calles horrorosas dan paso a un centro ciudad deslabazado, pero el casco antiguo es una joya que destaca aún más gracias a los alrededores. Como Mariah Carey en la olimpiada matemática, pero al revés.
Encontrar la entrada al museo Picasso: primer acertijo. Las paredes blancas y el bonsái gigante nos dan la clave (mentira, fue uno de los de seguridad). El palacio es precioso, los cuadros geniales, la exposición de foto todavía mejor, pero me encuentro tan mal que no puedo discutir con Eduardo (“¿Por qué tiene que valer esto tanto, si lo puede hacer un crío de cinco años?”).
En la puerta del museo nos rapta Isra, recién llegado de sus clases. Vamos a comer al Lechuga, y aunque todo tiene una pinta increíble, a mi solo me apetece un chute de eferalgán. Efectivamente, tres meses de duro trabajo con los mocosos han dado sus frutos y tengo un catarrazo de la hostia. Momento de crisis total y mucha rabia por no poder estar aprovechando el viaje como se merece. Israel me ilumina con un dicho andaluz: “Si tu mal no tiene cura, ¿pá qué te apuras? Y si tiene cura, ¿pa qué te apuras?” Amen. Males fuera y comida al cuerpo, un poco de tinto de verano también ayuda. Durante la comida picamos a los chicos intentando averiguar cuál es su princesa Disney. El Inri se cabrea un poco y nos bautiza como Flora, Fauna y Primavera, aunque no se moja demasiado el culo para decir quién es quién. Tras unos momentos de dura presión, Flora, Fauna y Primavera cumplen con su primera misión (Edu es Bella y el Inri es Ariel).
Paseando por el casco nuestros pasos (y el Isra) nos guían hasta la Alcazaba, una fortaleza árabe con palacio. Los jardines huelen de maravilla, y allá en lo alto, Israel nos enseña cómo conseguir tener vértigo en el culo. Eduardo echa un meo detrás de uno de los arbustos. Esto sí que es una tradición (que se lo digan a la verja de Buckingham Palace). Yo me hago la intelectual: “¿Sabíais que el guión de Rocky lo escribió Rambo?”. Y una respuesta que no se hace tardar: “¿En serio, cari? ¿Mientras se escondía de los charlies en la jungla?”. Planeamos alargar la visita a la capi de provincia pero la lluvia es más rápida que nosotros.
En el Día de la estación de buses de Marbella echo con Israel un mano a mano de El precio justo, y los dos no llegamos al total exacto de la compra por unos céntimos. Ya en su casa, el tiempo atmosférico por fin nos está haciendo un calvo con todas las de la ley: se ha puesto a llover que es una gloria bendita, oye. Preparamos la cena y nos acomodamos para una noche casera, con más tinto de verano, confesiones, muchos clinex (para mis mocos) y un episodio de Rocío, casi madre, el culebrón de Canal Sur cuya trama homoerótica ha enganchado al Israel. Será ya muy de noche cuando se desate la del calamar y el pulpo, 1ª parte, y haga levantar a Eduardo de la cama para salir a la galería con todo el frío y recoger nuestras cosas. Mujer cocinar lo que hombre cazar.
Ayer probé el oxigeno entubado. Ya me siento un poco más cerca de la vejez.
"Fíjate que guapo he sacao al andamio en ese plano.
Me merezco unos cacahuetes."
Así de satisfecho contempla su trabajo el mono de FAMA. Como en sus múltiples intervenciones hasta la fecha, ayer también dejó huella en la final. Schhh! Silencio, por favor, no le abruméis con vuestros aplausos ahora, que está estudiando nuevas ofertas.
MARTES
No te cases pero embárcate. Nosotros ya lo hicimos ayer por la noche y hoy por fin llegamos a Marbella a las diez de la mañana, vía autobús desde el aeropuerto de Málaga. Los pequeños zombis zaragozanos se dirigen a un bloque de apartamentos en primera línea de playa y el señor taxista, un andalú afincado en Marbella desde hace treinta años, nos habla del maravilloso microclima de la ciudad. Microclima tu puta madre, pensaremos al día siguiente. Pero hoy las nubes todavía están en camino y el sol que brilla nos permitirá ir a la playa a pasear antes de comer. Yo hasta me mojo los pies (¡Y me hubiera bañado si no hubiera estado mala!). Las chicas paseamos por la orilla y hablamos de lo raro que tiene que ser conocer a tus hijos. Hemos dejado a Edu durmiendo en la toalla. Antes nos hemos dado una vuelta por el casco viejo, hemos echado unos rascas de la ONCE y hemos olfateado los naranjos. Todavía no nos podemos creer las vistas que hay desde el piso del Inri, que nos ha recibido más solete aún de lo habitual. No nos extraña, se lo ha montado de puta madre y eso se le nota.
Unas cuantas horas y unos espaguetis carbonara de la Luisa más tarde… El autobús urbano hacia Puerto Banús nos enseña una primera toma del esplendor inmobiliario de la Costa del Sol. Pili destaca positivamente entre los demás espectadores al ingeniárselas para sacar una foto en marcha al hotel Guadalpí, nido de conspiraciones y romances pantojeros. Lo mejor, lo único para disfrutar en Puerto Banús, es el rompeolas. Ver la luna reflejada sobre un mar en calma siempre es un espectáculo mucho mayor que el de cualquier escaparate de Dolce & Gabana. Por la Avenida Julio Iglesias solo paseamos nosotros, de camino a las cocheras del Hipercor para coger otra vez el bus.
De vuelta en Marbella, la noche es joven, pero nosotras no tanto. Cenita en un japonés barato (el primero de mi vida) y luego los niños nos dejan en casita para irse a ese antro de perdición marbellí: El Ojo-bar (en la vida real no tiene un guión en medio, pero en mi mente se lo ha ganado.)
MARBELLA TRIP
Ya que los catarros asesinos no me dejaron escribir el diario de viaje…
LUNES NOCHE
Rápido chicas, los cofrades nos persiguen. Tendremos que arrastrar nuestras maletas hasta la esquina del Coso con la plaza San Miguel para encontrar un taxi. Uno, dos, tres, cuatro taxis perdidos. Hay que ver lo que le gusta a la gente pagar para que la lleven en coche en esta ciudad. Al final, paramos uno grande y nos dirigimos a por Edu que, como no, llega tarde (Cari, ¿tú cómo pensabas arrastrar la maleta desde el barrio Chús hasta casa de Pili?).
En la estación de autobuses pagamos al señor taxista y este pequeño gesto nos recuerda a todos que NOSOTROS somos los clientes y que él no nos ha hecho ningún favor. Subimos a un bus lleno hasta la bandera y tardo medio segundo en quedarme dormida. Mis tres viajeros favoritos no tienen la misma suerte y así, durante el viaje, presenciaré desde mi descanso semiconsciente las siguientes maravillas nocturnas: Pili, la rubia contorsionista que adquirió su arte en largos trayectos atobusiles desde Zaragoza a Salou. Marga, la mujer cuyo filtro olfativo compite día a día con el de los perros de la brigada antivicio y que, cual McGiver errante, es capaz de transformar una toallita de bebé en el más sofisticado sistema de ventilación contra el mareo. Y por último, Eduardo, el increíble e inigualable hombre-vampiro, incapaz de quedar contigo antes de la una del mediodía pero más que capaz de tocarte las pelotas en un autobús a las dos de la mañana.
En la T4, intentamos consolarnos pensando que llevamos ya un buen trecho, pero nuestro periplo no ha hecho más que empezar. Edu, en su madrugada hiperactiva, decide llevarnos de ruta turística por la T1 hasta que le suplicamos ir a facturar. Después de recorrer increíbles rincones de Barajas (¿qué tendrán los aeropuertos de noche?), nos libramos del equipaje y conseguimos llegar a la puerta de embarque, no sin que antes Eduardo se deje seducir por un modelo de Calvin Klein a tamaño real quien, nosotras calculamos, aparenta unos doce años de edad.
Unas horas más tarde, en un avión a punto de aterrizar…
EDU
(con dudoso acento francés)
¡Violetáaa! Despiegtáa, soy Piegg.
Ya te has vuelto a quedag dogmida dugante el coitóo.
Edu lo repite un par de veces más, por si el señor que va sentado delante y su hijo de cuatro años no se habían enterado.
La fama cuesta... ¡un cubata!
(Rei)
EN CONTRA de Fama:
Es un reality: Y como tal, aprovecha cualquier trocito de carnaza televisiva para tratar de engancharnos con el morbo de presenciar las miserias ajenas, reirnos de gente a la que no conocemos, etc.
Vemos el trabajo de los profesores: Y con ello tenemos que aguantar al cutre de Rafa Méndez, un hombre que ha aportado su granito de arena al empobrecimiento de nuestra lengua repitiendo continuamente mensajes formados por cuatro palabras (y sus derivados): " Amazing" , "Hot", "Energy" y "Cagada". Esta versión hipersexualizada del ya repelente Angel Llacer (OT), nos regala unas coreografías de funky con unas temáticas tan variadas como su vocabulario y dirige a los bailarines con perlas como la siguiente: "Y ahora... ¡Tóquense todos!"
Paula Vázquez: ¿De qué puesto del mercado habrán sacado a esta mujer? ¿De la pescadería? ¿De la verdulería? ¿De la caseta del vendedor de la ONCE? Hay que ver la energía que tiene para gritar la jodía, y eso que solo le dan de comer una vez a la semana.
Los profesores también son presentadores: Maldigo el día en el que algún lumbreras decidió que el bueno de Victor Ullate y la monja bailarina eran dignos de reproducir en voz alta los penosos guiones de este programa. Gracias a sus intervenciones como jurado, los que de vez en cuando queremos olvidarnos de lo extremadamente guionizado que está este show, no podemos.
El mono de Fama: Y no me refiero al "enganche" que pueda producir este programa en un telespectador medio como yo, sino al animalico de verdad. Y es que en Fama tienen contratado a un mono que hace el trabajo de todos los cámaras. Solamente así se explica que muchas veces no nos enteremos de la mitad de la coreografía o que veamos planos del suelo cuando los bailarines están realizando portés, por ejemplo. Cuidado, también, porque este mono además está pluriempleado. Sí, sí, aparte de sus funciones como cámara también hace sus pinitos como técnico de sonido, realizador y... ¡exacto! Como guionista. Por supuesto, el mono trabaja en el programa diario y en las galas. Por cierto, se rumorea que en sus ratos libres también se encarga de la planificación de los guiones de El Hormiguero.
A FAVOR de Fama:
Un reality útil: En este programa de televisión se les da la oportunidad a los concursantes de demostrar lo que valen mediante sus cualidades para realizar una actividad concreta. Aquí puede haber un concursante que sea el mayor cabrón del mundo, pero si cuando baila se te ponen los pelos de punta, tienes que admitir que, a pesar de todo, esto es un concurso donde lo más importante es bailar bien y trabajar duro.
Una motivación para los concursantes y un buen ejemplo: Los chicos y chicas de Fama tienen la suerte de poder dedicarse a mejorar sus capacidades para hacer lo que más les gusta en este mundo, veinticuatro horas al día. Sí, vale, tienen una cámara pegada al culo todo el rato pero aún así, son unos afortunados y la alegría que esto les produce la transmiten a los espectadores. Disfrutamos viéndolos trabajar duro, evolucionar, y comprobando que el esfuerzo y la dedicación dan sus frutos. Además, el premio no es ninguna suculenta cantidad de dinero, sino una beca en el extranjero para continuar con su formación. Por todo esto el programa también es un buen ejemplo para el gran número de adolescentes que lo siguen. Se podría decir que es un programa con contenidos muy adolescentes, desde una perspectiva negativa, pero también han sabido incorporar elementos muy positivos de y para su target de audiencia más directo.
El mundo de la danza: Por fin se aprovecha en condiciones las posibilidades televisivas de este arte escénico. Traspasamos la frontera casposilla de Mira quien baila y el plano secundario que ocupa en otros realities como OT y ahora sí, tenemos a la danza como protagonista. Por supuesto, los estilos que se trabajan, la dimesión comercial de los contenidos y el continuo tira y afloja entre profesores y concursantes están estudiados al milímetro. Y si bien los factores técnicos con los que cuenta el programa no son los más adecuados para lucir el cien por cien de las posibilidades escénicas de un arte como este ("¿Se saben el chiste del mono?"), sí que es cierto que merecen un aplauso por haberse dado cuenta del tirón que podría tener entre la audiencia y despertar nuevos y productivos intereses.
El mono de Fama: Vale, al principio me ponía muy nerviosa, pero ahora le he cogido cariño. Es que me lo imagino allí, al acabar un duro día, recibiendo su paga diaria en plátanos y volviéndose luego para su jaula del zoo... Solo de pensarlo se me enternece el corazón.
La Bruja Avería ha hecho de las suyas y me he quedado sin "Intennéeeeee". Cambien de canal, pero no se olviden de que esta pausa publicitaria no durará eternamente y que volveremos con más: El viaje a Marbella, Fama, nuevos relatos... Cuiden de sus routers.

Míralos qué monos...
Ayer por la noche Cuatro emitió, con el obligado retraso producto de la contraprogramación (¡PUTO FÚTBOL!), el primer capítulo de la segunda temporada de Cuestión de Sexo. A pesar de haber sido vilipendiada con cambios de horario y resúmenes interminables durante la pasada temporada, parece que este producto ha tenido más suerte que su compañera de franja horaria Gominolas (flojilla,flojilla) y ha sobrevivido al temporal de audiencias para volver con más historias divertidas que contarnos. Sin embargo...
Escepticismo, ese era mi estado de ánimo cuando ayer me senté frente al televisor, esperando reengancharme a una de las pocas series españolas por las que me había mojado el culo el año pasado. Una hora y pico después (¿por qué en este país la duración de los episodios de tooodas las series es de formato culebrón, independientemente del género al que pertenezcan?), me levánte feliz de haber invertido mi tiempo de manera productiva. Y es que el capítulo de ayer nos ofreció unos gags mucho más trabajados (guión e interpretación), un ritmo muy dinámico, 80% de comedia, unos personajes con conflictos bastante más pulidos y unas tramas con mejor sujección. Vaya, que me alegré de haber aguantado esos capítulos tremendamente aburridos a partir de la mitad de la primera temporada.
Ahora esperemos que este primer capítulo no sea flor de un día y que los guionistas se hayan puesto las pilas para que disfrutemos de un producto más irreverente, con un ritmo más adecuado a su formato y más interesante. Cuestión de sexo ha sido erigida sobre el "ni contigo, ni sin ti", una idea más vieja que el cagar que sirve como motor central de las situaciones en las que se ven envueltas las cuatro parejas protagonistas. Es muy duro tener que crear una serie moderna y a la vez costumbrista, que gira alrededor de uno de los conceptos de ficción más trillados, mezclando comedia y drama... Y es duro básicamente porque eso es lo que se les pide al noventa por ciento de los guionistas de ficción de este país. Así que haber conseguido destacar, es algo que honra bastante a Cuestión de Sexo, y esperemos que no la caguen otra vez en esta nueva entrega. Y puestos a esperar, esperemos también que se decanten por la comedia pura y dura y que dejen de lado tanto tinte dramático exagerado e innecesario, esperemos que sean capaces de hacer que nos creamos los giros argumentales más absurdos y, sobre todo, esperemos verle más el culo a Willy Toledo.
TU VIDA CON WENTWORTH
A la Rei
Son estos los momentos que atesoro. Tiradas en la cama, hablando de tu vida en común con Wentworth, el hombre de tus sueños. Cómo te cuida Wentworth, ¿eh? Echó a todos los tontos de Tudela y además te canta canciones con ese vozarrón que tiene. Tenéis una casa preciosa aunque, eso sí, sin pretensiones. La sala de lectura mira hacia el lago con la barquita a través de un ventanal de dos metros de alto por el que entra la luz del mediodía. Habéis contratado a uno que estudió biblioteconomía y documentación para que tenga todos los libros ordenados. Para sentarse hay unos puffs que son igual de blandos que el culo de la Viol. Ah, y este viernes dais una fiesta en la que vamos a estar todos. Irán la Olga, la Viol, la Cagüé y el Hugo junto con sus acompañantes Daniel Brülh, Juan Diego Boto, el preso de la cárcel de Zuera y Keira Knightley. También estaré yo y creo que Yann Tiersen se encargará de la música, aprovechando que estos días está por casa para enseñarle a Wentworth a tocar el xilófono. Prometo que veremos todos tus cortos: La Excursión I, II y III incluidos, con Gabi y Jessy buscándose la una a la otra por el Parque Grande en taca-taca. Dices que vas a llevar un vestido minifaldero, claro, ahora que estás fotodepilada te da todo igual. Pero que conste que te fotodepilaste por ti, porque a Wentworth le dan igual tus pelos. Él te quiere tal y como eres, Bridget. Yo iré a la fiesta con mi Oscar, ya sabes, el que me dieron al mejor guión original por “Sensión Tensual”. Nunca lo hubiera conseguido de no ser porque montamos esa productora con el dinero que Wentworth sacó de la cuarta parte de Indiana Jones. Muchas gracias.
En mi cuarto, antes de dormir, mientras se enciende el ordenador. Una nota se desliza por debajo de la puerta:
“ Hi Encisa!
It’s Wen. I’m going to Rache’s bedroom, but before I’d like to tell you that I’ve phoned some friends and Johnny (Depp) is about to come to your bedroom. Please take care of the woman of my dreams because I am really in love with her and I’m writing a song for her with my friend Yann (Tiersen).
Yours sincerely,
Wentworth Miller (loves) Rei-Rei (I never thought that such a perfect woman could exist)”
Y me dices por ultimo: “Y estoy más a gusto que un arbusto. No nos vamos a dejar nunca. Bueno, si cortamos será porque yo le dejaré a él, claro”.
No, no tengo retoños. Mis futuros hijos, si existen, son esas manchas azul oscuro (¿dos? ¿tres?) con forma de ameba en el horizonte. Desconozco su aspecto, su sexo, el color de su pelo o de sus ojos, su sentido del humor, incluso sus nombres. Pero si en algo les llevo ventaja es en que sé qué series quiero que vean y, Pushing Daisies, la apuesta familiar que la Abc estrenara el otoño pasado, es una de ellas.
La tele americana ha ido desgranando en los últimos años propuestas cada vez más arriesgadas, cada una a su manera, la mayoría en el género del drama. Sin embargo, a la vez que ha servido de plataforma para hacer avanzar la narrativa audiovisiual de ficción, cada temporada nos ha seguido regalando productos al más puro estilo yanki. Ha sido una simple cuestión de tiempo que la hibridación entre ambas tendencias empezara a dar sus frutos y así, se me ocurre meter en el mismo saco a los siguientes ejemplos: Ugly Betty, Heroes, Gossip Girl o, sin ir más lejos, Pushing Daisies.
Con Pushing Daisies, nos encontramos con una serie que fue presentada como un producto de consumo para el público adulto y que tuvo un éxito relativo. Salida de la mente de Bryan Fuller (cuya Tan muertos como yo se merece un post aparte por su hermosura marciana y desgarradora), esta serie cuenta la historia de Ned, un joven pastelero con un mágico don: el de la resurrección. En mitad de una tempestad de crueles giros del destino, el pequeño Ned descubre que es capaz de resucitar todo lo que haya muerto, con el inconveniente de que si el ser resucitado en cuestión permanece vivo más de sesenta segundos, otro ser igual a él deberá fallecer para contrarrestar la pérdida. Pasan los años, el pequeño Ned se ha convertido en el dueño de una pastelería y colabora, haciendo un uso más o menos moralmente aceptable de su don, con el detective privado Emmerson. Además, su empleada Olive, está locamente enamorada de él. Sin embargo, el pastelero solo tiene ojos para la dulce e inocente Charlotte, su amor de la infancia quien, tras vivir veintiocho años de reclusión en la casa de sus excéntricas tías, decide embarcarse en un crucero donde encontrará la muerte. No es que esto sea ningún obstáculo para que Charlotte (Chuck, para Ned y para nosotros) se convierta en coprotagonista de la serie ya que, recordemos, el pastelero tiene el poder de devolver la vida a los muertos... Entonces, ¿cómo afrontarán Chuck y Ned el reto de una relación sentimental en la que un simple piquito resultaría en la defunción automática de una de las partes contratantes? ¿Conseguirá Olive interponerse entre los tortolitos? ¿Cómo sobrellevarán las tías de Charlotte su pérdida? ¿Será ésta capaz de guardar su secreto? ¿Y Ned? ¿Podrá aguantar las malas pulgas de Emmerson a la vez que hace un hueco en su vida para Chuck?
Las respuestas a estas preguntas, por supuesto, se nos van ofreciendo en entretenidas dosis a lo largo de los nueve capítulos de la primera temporada. Y sin ser ninguna obra maestra en lo que a calidad narrativa se refiere, sí que creo que deberíamos quitarnos el sombrero ante Pushing Daisies por dos cosas: La primera, su lograda estética neo-kitsch. Bebiendo de muchas fuentes, la primera de todas la del grandísimo Tim Burton, Pushing Daisies les mostrará a mis hijos que el kitsch, el expresionismo y el gótico son universos paralelos y, lo que es más importante, que como el ser humano sabe desde la más antigua antigüedad, la vida y la muerte pasean siempre cogiditas de la mano.
La segunda pequeña hazaña de esta serie es su llamativo concepto narrativo. Si bien es verdad que las tramas detectivescas están algo deslucidas (pero tranquilos, mis pequeños, todavía no seréis expertos sucesores de Christie, Hitchcock y Jessica Fletcher cuando veáis esta serie), las historias se sostienen gracias a unos personajes sólidos, con interesantes tramas de temporada, en las cuales se crecen especialmente los secundarios. Y es que, al morbo y la expectación causada por el forzado platonismo de la relación amorosa entre Chuck y Ned, tenemos que añadirle la presencia de personajes tan maravillosos como la camarera Olive (una mezcla imposible entre un munchkin, Campanilla y la cerdita Peggy) o las tías de Charlotte, Vivian y Lilly, ex-nadadoras sincronizadas neuróticas, adictas al queso y coleccionistas de pájaros disecados.
Sí, estamos ante un mundo fascinante en el que la muerte solo es reversible con dolorosas consecuencias y en el que, a la vez, la maldad del ser humano parece una enagenación mental transitoria. Cada capítulo de Pushing Daisies está lleno de pequeños detalles deliciosos, de esos que te hacen esbozar una sonrisa de forma completamente inconsciente. Paciencia con las constantes y elevadas dosis de azúcar y con el narrador, sobre todo si sois de los que creéis que las voces en off solo deben tolerarse en las pelis de cine clásico o (a lo sumo y si están bien metidas) en las adaptaciones literarias. Ah, un último consejo para acercaros a esta serie: tomadla, no como el producto adulto que aspira ser, sino como una estupenda producción para un público pre-púber. Nada más, solo que disfrutéis criando malvas.
Por cierto, Canal + y La Uno ya han comprado la primera temporada.
(ADVERTENCIA: Ninguno de los personajes, vivos o muertos, que aparecen en esta historia, ha sufrido maltrato físico alguno.)
Érase una vez una princesita que vivía en un castillo en lo alto de una montaña y, como todas las princesas, la rodeaba el lujo y el colorido. Pero por supuesto, la princesa no era feliz. Dentro, muy adentro de su ser, albergaba la secreta esperanza de convertirse en una persona completamente diferente: un zombi. Pasaba las noches estudiando libros de ocultismo y viendo películas de serie B, hasta que un día, harta de no encontrar una solución, decidió preguntarle a su padre. El rey quería que su hija continuara con su legado, pero como era más padre que rey, al final resolvió ayudarla: “Baja al cementerio en la falda de la montaña cuando dé la medianoche y espera”.
Esa noche, la princesa se puso su traje de primera comunión y echó a correr montaña abajo. Unos metros antes de llegar al cementerio, tropezó con una piedra y cayó rodando hasta la reja de la entrada, con su vestido hecho jirones. “¿Quién anda ahí?” Con tanto ruido había despertado al guarda nocturno del cementerio, Baltasar el zombi. El pobre se acababa de levantar y no tenía mucha hambre, pero cuando la princesita le ofreció su cráneo tentador, Baltasar hizo de tripas corazón y dijo “No es bueno saltarse el desayuno”. La princesita le pidió que le mordiera en la coronilla, así podría taparse la cicatriz con una peluca.
Despertó en un orfanato para no-muertos, pero pronto la adoptaron una pareja de esqueletos que no podían tener zombis. Su madre adoptiva, aunque no tenía corazón, la quería con todos los huesos de su cuerpo y no paraba de decirle que era la zombi más guapa que había visto. No era la única que opinaba así, cuando la princesita cumplió dieciocho años, se presentó al concurso de Miss Zombi de la Otra Vida y lo ganó. Ella, como no, era mucho más que un conjunto de bellas cicatrices. Tras dedicarse a ser modelo de ultratumba durante unos cien años, sorprendió a todos con una retirada temprana y se convirtió en una diseñadora de joyas. Bijoux Zombis, des bijoux pour l’autre vie, un eslogan pegadizo que se fue oyendo cada vez más, hasta que sus ecos resonaron en la última planta de una torre de oficinas de cristal, en la que la princesita trabajaba día tras día. ¿Por qué siempre hay un torreón plantado en mitad del destino de todas las princesitas?
Una noche decidió darse un descanso y salir de copas con sus amigos. En el A tumba cerrada, Beetlejuice le echó el ojo y el flechazo fue instantáneo. Estuvieron juntos otros cien años, aunque acabaron por divorciarse de forma amistosa. Desde entonces, la princesa sigue diseñando sus joyas de auténtico hueso de cachorro, ha sacado varias colecciones de bolsos de piel de gusano y ahora trabaja desde casa. Se ha comprado una mansión colonial con vistas a las puertas del limbo y se distrae mirando las puestas de sol con un mojito en la mano, haciendo quinielas mentales sobre el destino de las almas que esperan en una fila que ya da toda la vuelta a la manzana. Dice tener una muerte plena.
Matar, matar, matar a Conchita. Matar, matar, matar a Conchita. Matar, mataaaar... a Conchiiiita. Tiene un toque bluesero, ¿no?
Vivir en el desierto vislumbrando cuatro cactus al fondo. Sabes que tienen sabia dentro, los estás alimentando, has estado hibernando, pero desde lejos solo parecen plantas muy secas y muy abandonadas.
La primera palabra, cuando se escribe, es como la primera lágrima que cae cuando tienes un nudo en la garganta. El primer sentimiento es el alivio. Eres la morosa más entrampada del mundo, pero estás empezando a pagar tu deuda.
La perspectiva de un bosque, lleno de pinos y roca en carne viva, con matorrales preñados de flores amarillas y el mar de fondo. Es como una foto del futuro, pero está demasiado pixelada. De momento, ya has empezado a regar esos cactus con letras, sílabas, etc.